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La academia tiene la palabra

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | publicado el 29 de septiembre de 2017 en El Colombiano.

Algo muy grave está sucediendo. Es cierto que el virus de la corrupción ha sacudido los cimientos de las sociedades durante largos momentos de la historia, con nefastas manifestaciones en los distintos órganos de poder. Es cierto también, qué de alguna manera, con grandes y dolorosos sacrificios, las comunidades han sobrevivido a semejante mal. Se trata de un fenómeno del comportamiento humano, íntimamente ligado con periodos en los cuales el sentido de la dignidad y el respeto por los valores que constituyen la esencia del comportamiento ético, se han relajado o perdido.

Sin embargo, en las distintas épocas, el "juzgador" permaneció como un faro, guía de la integridad, honestidad y dignidad. Las sociedades, desde las primitivas hasta las modernas, siempre han querido tener en el juez, el bastión último y más preciado en su lucha por la ética, la inclusión y el respeto para todos los actores sociales. Como ya ha sucedido, una sociedad es capaz de resistir un Ejecutivo corrupto, que aunque se mantenga en el poder por periodos más o menos largos, termina por ceder, en forma violenta o pacífica, ante los embates de los principios morales y éticos inherentes al grupo social. Un cuerpo legislativo, por corrupto que sea, termina atrapado en sus propias contradicciones y escándalos y finalmente denunciado y hasta despreciado por el núcleo comunitario. Pero, es inaceptable que el cáncer de la corrupción llegue a las entrañas del poder judicial y contamine los más altos estratos de la judicatura.

Perder la fe en la justicia, es perder la confianza en el Derecho y por tanto, la esperanza en el futuro social. No se trata de presentar un juicio anticipado de condena sobre las acusaciones por actos de corrupción que se vienen formulando, especialmente contra magistrados y otros dignatarios de la justicia, pero sí de promover una profunda reflexión sobre las implicaciones sociales y éticas que un fenómeno de esta naturaleza, tiene para las generaciones futuras. En este punto debe intervenir la academia, en especial las facultades de Derecho. Es inconcebible, por decir lo menos, que haya silencio en el centro mismo de la enseñanza del Derecho. Es como si la Universidad, columna vertebral en la formación de nuevas generaciones, no tuviese nada que decir ante una situación que puede calificarse de horrorosa.

No es posible que los futuros abogados se formen en medio de un silencio, que para ellos puede significar una especie de complicidad de los mayores con este tipo de prácticas. La universidad no puede limitarse a la instrucción, sino que debe preocuparse por elevar los niveles éticos y morales en la sociedad, de manera que debe estar en capacidad de reorientar el trabajo de sus estudiantes. En otras palabras, el reto consiste en inculcar en los estudiantes, a través del hacer y del discurso, una nueva cultura orientada hacia la construcción de un individuo con una alta formación en valores, la necesaria para participar en la construcción de nuevos caminos éticos y morales..

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

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