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Desde la Decanatura

Columna del Decano: Misión y tribunal electorales

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | Publicado en El Colombiano el 17 de febrero de 2017

En desarrollo de los compromisos adquiridos en el Acuerdo Final de Paz, el pasado 17 de enero de 2017 el Gobierno Nacional instaló la Misión Electoral Especial que se encargará de entregar en un término no mayor a 4 meses, las recomendaciones sobre aspectos normativos e institucionales que es necesario tener en cuenta para introducir reformas al régimen y a la organización electoral, de acuerdo con lo previsto en el punto 2.3.4. del texto suscrito en La Habana.

Las reformas que se propongan tendrán por objeto hacer más transparente y moderno el sistema electoral, garantizar una mayor autonomía al Consejo Nacional Electoral o al organismo que haga sus veces, todo ello con el fin de otorgar garantías a los ciudadanos para su participación en los distintos procesos electorales, y proporcionar una mayor calidad a la democracia durante el período del posacuerdo.

Seis de los siete miembros de la Misión fueron designados por organizaciones independientes como el Centro Carter, el Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria, el departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional, el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes, mientras que el séptimo miembro actuará en representación de la Misión de Observación Electoral (MOE), una plataforma de organizaciones de la sociedad civil, independiente del gobierno, de los partidos políticos y de intereses privados, encargada de velar por la realización de los principios democráticos a través de los procesos electorales.

Si bien uno de esos miembros es consejero de Estado, este actúa a título personal como asesor del presidente de la República, de manera que es lamentable la ausencia institucional de la justicia, cuya vocería oficial debería estar en cabeza del presidente del Consejo de Estado, Alta Corte experta en el control judicial de los actos electorales.
Las conclusiones y recomendaciones de la Misión se darán con fundamento en informaciones y propuestas de los partidos y movimientos políticos y autoridades electorales, con énfasis en la defensa de los derechos electorales de las mujeres. Así mismo, se incluirán propuestas para el nuevo movimiento político que surja del tránsito de las Farc a la actividad política legal.

Una de las propuestas de la Misión sería la creación de un Tribunal Electoral, inicialmente designado por el presidente de la República y posteriormente por el Congreso, que tendría por objeto asumir las funciones administrativas del Consejo Nacional Electoral y las judiciales del Consejo de Estado, incluyendo los procesos sobre pérdida de investidura.

De concretarse esta iniciativa, el país perdería uno de los núcleos principales en materia de control de constitucionalidad y legalidad en asuntos electorales, olvidando que la jurisdicción contenciosa administrativa, encabezada por el Consejo de Estado y los Tribunales Administrativos, se ha caracterizado por su autonomía y transparencia en los procesos electorales y en los de pérdida de investidura. Trasladar esta función a un Tribunal de origen político, es dejar sin efecto el control judicial sobre el sistema electoral y sin aplicación práctica el trámite de pérdida de investidura.

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

Columna del Decano: Democracia, partidos y responsabilidad política

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | Publicado en El Colombiano el 10 de febrero de 2017

Los partidos políticos son el soporte sobre el cual se construye la democracia occidental. La importancia de estos en la estructura y funcionamiento de las instituciones es de tal magnitud, que se ha llegado a afirmar que todo sistema democrático debe reposar en una sólida estructura de partidos.

Pero los partidos políticos perdieron su rumbo. Dejaron de ser fuente de conceptualización ideológica, se alejaron de las masas y se transformaron en círculos cerrados y aislados, preocupados por alcanzar el poder, no como medio para atender las necesidades sociales, sino como un fin en sí mismo, para mantener una hegemonía respecto de otros partidos o movimientos.

Las consecuencias en el mundo político electoral no se han dejado esperar: El Brexit en Inglaterra, la elección de Donald Trump en Estados Unidos, la crisis venezolana, entre otros, aparecen como resultado de procesos electorales desarrollados como reacción ante la desarticulación y pérdida de legitimidad de los partidos.

En Colombia la situación es aún más grave. Superados parcialmente los actos de violencia ocasionados por la guerrilla, las instituciones y los medios se están ocupando del otro gran flagelo: la corrupción; y como era de esperarse, los partidos políticos no escapan a este mal. No cabe duda que la crisis es enorme. La manera como el caso Odebrecht está afectando la imagen y proyección social de los partidos, amén de otras situaciones pasadas y presentes, no auguran un prometedor futuro a la democracia colombiana de partidos.

El Partido Conservador, después de haber renunciado a luchar por unos principios en la búsqueda del poder durante más de 20 años, aparece como un movimiento sin brújula, tratando de obtener migajas burocráticas de todos los gobiernos. El Partido Liberal continúa con la deuda de responsabilidad política que le dejó el proceso 8000, sin que hasta el momento haya podido saldar ese lastre que tiene frente a la sociedad.

El Centro Democrático se estremece en medio de acusaciones por corrupción en la pasada campaña presidencial, su pecado parece ser grave por donde se le enfoque. Si las directivas del partido sabían lo que estaba sucediendo, es gravísimo; si no lo sabían, es igualmente grave, pues demuestra su falta de solidez y cohesión. Igual puede predicarse del partido Cambio Radical, por ejemplo, con respecto al aval otorgado a los cuestionados gobernantes de La Guajira. Si se hizo a sabiendas, tremendo pecado; si no se sabía, mayor pecado.

Lo mismo puede decirse sobre las acusaciones en torno a la campaña reeleccionista del presidente Santos. Si las acusaciones son ciertas, el Presidente y su entorno serían responsable por acción, si conocían el hecho; por omisión, si no lo conocían. Además, el país no soportaría otro “eso se hizo a mis espaldas”. Estos casos y otros fenómenos sociales como la desmovilización de la guerrilla, plantean un mar de incertidumbre con respecto al proceso electoral que se avecina, el cual peligrosamente se definiría, no con fundamento en plataformas de partidos, sino por simples lealtades entre amigos.

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

Columna del Decano: El abuso enemigo de la democracia

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | Publicado en El Colombiano el 13 de enero de 2017

En esta columna, el observador puso de presente que la institución de la revocatoria del mandato de gobernadores y alcaldes, en la forma en que está concebida en nuestra Constitución y en la legislación vigente, es un procedimiento inútil, como se ha demostrado en más de 150 oportunidades en que se ha intentado su utilización.

Ahora, en ejercicio del principio de la democracia participativa o directa, se pretende impulsar la revocatoria del mandato al Presidente de la República, la derogatoria de disposiciones legales vigentes en materia tributaria y la aprobación de reformas constitucionales relacionadas con la cadena perpetua para quienes cometan delitos en menores.

Respecto la revocatoria del mandato del Presidente de la República, el hecho de que personas de prestancia en el campo social y jurídico estén lanzando este tipo de iniciativas, genera una especial preocupación sobre el respaldo y fortaleza social de las instituciones.

Por otra parte, no puede olvidarse que la Carta, para bien del Estado Social de Derecho, establece dos mojones absolutamente inquebrantables, para efectos de garantizar su estabilidad: (i) Por una parte, el sistema de pesos y contrapesos entre poderes, que permite, en casos de comportamientos inconstitucionales del Presidente, que el Congreso de la República y la Corte Suprema de Justicia puedan adoptar las medidas necesarias, de acuerdo con el orden institucional. (ii) Desde el punto de vista constitucional y político, el órgano electoral carece de competencia para aceptar la solicitud de revocatoria, porque el supuesto material relacionado con el incumplimiento del mandato, no se lograría configurar en el caso del Presidente, especialmente por cuanto la realización del programa de gobierno, no depende única y exclusivamente de Él, y además, porque la Carta Política es categórica en determinar que el Presidente como Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Suprema Autoridad Administrativa, simboliza la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos.

Con respecto a la iniciativa ciudadana para buscar la eliminación de disposiciones tributarias, es importante recordar que esta facultad no es ilimitada, pues por orden del mismo constituyente primario, el artículo 170 de la Constitución dispone que este procedimiento solo se puede utilizar para derogar leyes, no para aprobar otras, y que a través del mismo instrumento no es posible derogar leyes aprobatorias de tratados, la del presupuesto, ni las referentes a materias fiscales o tributarias.

En cuanto a acudir a la ciudadanía para aprobar una reforma constitucional que establezca la cadena perpetua, es importante tener en cuenta que si bien el artículo 378 Superior consagra esta posibilidad, dicho referendo debe ser convocado por ley del Congreso, lo que significa que de todas maneras el tema requiere de un pronunciamiento previo del Legislativo.

En síntesis, las instituciones de participación ciudadana son un importante logro de la democracia directa moderna, pero hay que tener especial cuidado, pues el abuso de ellas puede hacer inocuo su uso.

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

Columna del Decano: Cabildo abierto para la paz

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | Publicado en El Colombiano el 4 de noviembre de 2016.

La Constitución de 1991 busca la realización de un marco jurídico que garantice un orden justo. Esto quiere decir que la justicia se convierte en el núcleo del ordenamiento jurídico. Es la razón por la cual el concepto de ley se expande para abarcar no solo la norma que expide el Congreso, sino los tratados internacionales sobre derechos humanos y los principios rectores que son inherentes al hombre y que hacen parte de su naturaleza.

En este orden de ideas resulta contrario al orden constitucional, a la naturaleza del ser humano y a la esencia de las relaciones sociales, cualquier medida que desconozca el valor orientador del derecho, que es la justicia. Y la justicia se afecta gravemente, no solo porque se le ignore como razón de ser de la organización socio política, sino cuando se atenta contra alguno de sus principios rectores. Uno de ellos, que constituye el núcleo del concepto supremo de seguridad jurídica, es el de la cosa juzgada.

La cosa juzgada permite establecer límites temporales a la actividad judicial y a la controversia jurídica. Cualquier reforma "de fondo" de la justicia tiene que comenzar por el restablecimiento del respeto a esta institución.

No hay justicia cuando el proceso judicial nunca se termina o solo se termina en apariencia, pues en cualquier momento se puede reabrir. La justicia se desconoce, tanto cuando se interponen tutelas que buscan desconocer el valor de la cosa juzgada, como cuando se pretende instaurar un Tribunal con competencia para revisar fallos en firme de otros Tribunales.

Por ejemplo: Un servidor público declarado insubsistente, demanda la nulidad del acto de insubsistencia, con el argumento de que carece de motivación escrita. El juez competente no acepta el argumento y declara que el acto es válido. El demandante apela la sentencia ante el órgano superior, que la confirma.

Desconociendo el carácter de cosa juzgada, el afectado instaura acción de tutela contra los fallos anteriores. En sus dos instancias iniciales la tutela se le resuelve desfavorablemente, pero en revisión final, la Corte Constitucional encuentra que el acto es nulo y desconociendo la institución de la cosa juzgada, le ordena al juez que deje sin efecto una sentencia en firme y declare la nulidad del acto, a lo que éste se niega aduciendo que la Corte no tiene competencia para impartirle órdenes.

Igual ocurre con la creación de la Jurisdicción Especial de Paz. Se trata de un órgano por fuera de la estructura de la Rama Judicial, con competencia para revivir y revisar procesos ya afectados por sentencias con fuerza de cosa juzgada.

Situaciones como las descritas llevan a concluir que es necesario repensar la actividad judicial, para lo cual es indispensable promover un gran proceso de reforma que comprenda, no solo el estudio de aspectos orgánicos, financieros y de poder, sino que a través de grandes acuerdos entre jueces, académicos y ciudadanos en general, elabore propuestas para la recuperación de los principios fundamentales del derecho y de la justicia.

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

Columna del Decano: Derecho sin justicia

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | Publicado en El Colombiano el 28 de octubre de 2016.

La Constitución de 1991 busca la realización de un marco jurídico que garantice un orden justo. Esto quiere decir que la justicia se convierte en el núcleo del ordenamiento jurídico. Es la razón por la cual el concepto de ley se expande para abarcar no solo la norma que expide el Congreso, sino los tratados internacionales sobre derechos humanos y los principios rectores que son inherentes al hombre y que hacen parte de su naturaleza.

En este orden de ideas resulta contrario al orden constitucional, a la naturaleza del ser humano y a la esencia de las relaciones sociales, cualquier medida que desconozca el valor orientador del derecho, que es la justicia. Y la justicia se afecta gravemente, no solo porque se le ignore como razón de ser de la organización socio política, sino cuando se atenta contra alguno de sus principios rectores. Uno de ellos, que constituye el núcleo del concepto supremo de seguridad jurídica, es el de la cosa juzgada.

La cosa juzgada permite establecer límites temporales a la actividad judicial y a la controversia jurídica. Cualquier reforma "de fondo" de la justicia tiene que comenzar por el restablecimiento del respeto a esta institución.

No hay justicia cuando el proceso judicial nunca se termina o solo se termina en apariencia, pues en cualquier momento se puede reabrir. La justicia se desconoce, tanto cuando se interponen tutelas que buscan desconocer el valor de la cosa juzgada, como cuando se pretende instaurar un Tribunal con competencia para revisar fallos en firme de otros Tribunales.

Por ejemplo: Un servidor público declarado insubsistente, demanda la nulidad del acto de insubsistencia, con el argumento de que carece de motivación escrita. El juez competente no acepta el argumento y declara que el acto es válido. El demandante apela la sentencia ante el órgano superior, que la confirma.

Desconociendo el carácter de cosa juzgada, el afectado instaura acción de tutela contra los fallos anteriores. En sus dos instancias iniciales la tutela se le resuelve desfavorablemente, pero en revisión final, la Corte Constitucional encuentra que el acto es nulo y desconociendo la institución de la cosa juzgada, le ordena al juez que deje sin efecto una sentencia en firme y declare la nulidad del acto, a lo que éste se niega aduciendo que la Corte no tiene competencia para impartirle órdenes.

Igual ocurre con la creación de la Jurisdicción Especial de Paz. Se trata de un órgano por fuera de la estructura de la Rama Judicial, con competencia para revivir y revisar procesos ya afectados por sentencias con fuerza de cosa juzgada.

Situaciones como las descritas llevan a concluir que es necesario repensar la actividad judicial, para lo cual es indispensable promover un gran proceso de reforma que comprenda, no solo el estudio de aspectos orgánicos, financieros y de poder, sino que a través de grandes acuerdos entre jueces, académicos y ciudadanos en general, elabore propuestas para la recuperación de los principios fundamentales del derecho y de la justicia.

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

Columna del Decano: El día D

Luis-Fernando-AlvarezPor LUIS FERNANDO ÁLVAREZ J.* | Publicado en El Colombiano el 21 de octubre de 2016.

El día D es una expresión militar para señalar el momento en que se debe iniciar una operación de combate. Sin embargo, en el lenguaje corriente suele tener diferentes significados. Puede entenderse como el día determinado, el día decisivo, el día definitivo, el día después, el día demandado... en fin, una serie de apelativos, algunos tomados como sinónimos; otros, con sentidos diferentes.

El 26 de septiembre de 2016 se suscribió entre el Presidente de la República y el jefe de las Farc el denominado Acuerdo Final, que por obra y gracia de algún delicado consejo de carácter político, el Jefe de Estado resolvió someter a ratificación de la ciudadanía mediante el plebiscito del 2 de octubre del presente año.

Entonces el día D ya no fue el día de la firma, sino el día en que los ciudadanos refrendarían los acuerdos a través del instrumento del plebiscito. Lamentable o afortunadamente para el Gobierno y para el país, así fuera por una diferencia de votos relativamente muy baja, la voluntad por el NO se impuso sobre el SÍ, y entonces el día D dejó de ser aquel en el cual se llevó a cabo el pronunciamiento popular, para convertirse en un día después, no sabemos cuándo.

Pero lo más curioso es que parece que la D del día D, ha pasado a identificar el "Día de la Democracia". Muchos analistas consideran que el principal efecto del NO fue haber fortalecido los mecanismos de participación propios de la democracia real.

En efecto, quienes votaron por el NO, que realmente no hacen parte de un solo partido político sino de muchas vertientes ciudadanas, han empezado a reflexionar y preparar verdaderas propuestas que permitan un real acuerdo nacional.

El Gobierno Nacional ha ofrecido disculpas a distintos sectores sociales por no haberles dado suficiente participación en las negociaciones, y a todos en general, por no haber efectuado la pedagogía adecuada.

Los partidarios del SÍ han descubierto que muchos de los temas del acuerdo requieren de un verdadero retoque y el propio Presidente señaló como fecha final para la presentación y recepción de observaciones, el jueves 20 de octubre. Es decir, identificó un nuevo día determinante.

Parece que la gran beneficiada con estos eventos es la cultura política ciudadana. Quienes por distintas causas engrosaron la gran masa abstencionista en el proceso electoral del 2 de octubre, han salido en multitudinarias manifestaciones a reclamar que se avance con rapidez en la reafirmación de los acuerdos. Sectores silenciosos de la política y el derecho se preguntan por el procedimiento a seguir para lograr un consenso ciudadano. Se habla de un nuevo acuerdo, de la posibilidad de otro plebiscito, de algún otro pronunciamiento de la Corte.

Por último, es menester afirmar que el gran logro del triunfo del NO, es haber servido como punto de partida para terminar la polarización del país y buscar acuerdos y procedimientos de comprensión y tolerancia que permitan determinar un nuevo día D, es decir, el día definitivo.

* Expresidente del Consejo de Estado y Decano de la Escuela de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana

Foto: El Colombiano.

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